Fotograma de "La vida de Adèle".
Fotograma de "La vida de Adèle".

Desmontando “La vida de Adèle”

La comunidad LGTBI aupó la película tras su éxito en Cannes. ¿Por qué la repudia ocho años después?

Ser una adolescente lesbiana en los primeros dosmiles suponía una búsqueda constante –y a menudo insatisfactoria– de referentes. En lo audiovisual, una buceaba por las profundidades más oscuras hasta dar con algo que se pareciera a lo que sentía o aspiraba a sentir. A golpe de clic, podías dar con joyas como Mulholland Drive (David Lynch, 2001), pero también con auténticas bazofias que no deberían estar permitidas y cuyos títulos –menos mal– ya ni recuerdo. La mayoría no eran obras maestras, ni tampoco esas bazofias. Solían ser películas pequeñitas, de un círculo muy reducido, y de las que sólo oías hablar si sabías en qué foros entrar. Así fue durante años. Luego, vino The L Word, que calmó parcialmente esa ansiedad y, años más tarde, toda una revolución: La vida de Adèle – Capítulos 1 y 2 (Abdellatif Kechiche, 2013).

Por aquel entonces ya habíamos visto grandes películas de temática LGTBI. No es que fuera un tema precisamente rompedor. Pero llegó una que tocó el mismo cielo del celuloide hasta alcanzar la prestigiosísima Palma de Oro en Cannes. El jurado, aquel año presidido por Steven Spielberg, premiaba a una película que giraba en torno a una mujer que se enamoraba de otra. Para quien no lo entienda, aquello era como si le dieran el Nobel a tu prima. Más o menos. Y no se lo daban solo a su director, el premio era compartido: para Kechiche, pero también para los pilares de aquel monumento, Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux.

Enseguida, La vida de Adèle se convirtió en una película de culto para toda la comunidad LGTBI. Una experiencia colectiva. Una de las canciones de su banda sonora, I Follow Rivers de Lykke Li, cerraba sesiones en discotecas y se convertía en un himno que todavía hoy permanece. Yo fui dos o tres veces a verla en una sala de cine. Lo recuerdo como toda una sensación, como una bocanada de aire fresco. Un coming-of-age diferente, europeo, de autor, una historia con la que podía identificarme. Con un personaje, el de Adèle, que no terminaba de encajar en ningún lugar. Como estudiante de un colegio francés, podía entender aquellas dinámicas, aquellas contradicciones de un sistema que promovía el espíritu crítico pero que desatendía la cuestión humana y emocional. Marcó, en definitiva, un antes y un después en mi propia identidad.

Las denuncias contra Kechiche empañaron un mito creciente del cine LGTBI

Ha llovido desde entonces. No mucho, pero sí una cantidad considerable. La vida de Adèle, si bien es una buena película –una de esas imprescindibles, incluso–, no es aquella obra endiosada. Para desmontarla, que hace falta, es necesario entender el contexto en el que se rodó.

Poco después de que cayera el telón en Cannes, Exarchopoulos y Seydoux –especialmente esta última– salieron públicamente a criticar los métodos de su director. Un ambiente de trabajo insoportable, una exigencia desmesurada, el mal carácter de Kechiche. «Una experiencia traumática», en fin. Poco a poco fueron saliendo a la luz aspectos oscuros del rodaje de la que era, sin lugar a dudas, la película del momento. Y, qué coincidencia, todo durante la promoción de la película, mientras ésta se estrenaba aquí y allá y que, en ocasiones –por ejemplo, en Madrid–, una de las actrices acompañaba al director al estreno.

De entre todas las denuncias, hubo una que copó más portadas y comentarios. Tenía que ver, claro, con la escena de diez minutos de sexo explícito entre las dos protagonistas. «La mayoría de directores ni siquiera se atreven a pedir las cosas que nos exigió, y si lo hacen, son más respetuosos. ¡Estuvimos diez días rodando la misma escena de sexo! ¡Díez días!», llegó a denunciar Exarchopoulos, que se daba a conocer para el gran público con la obra de Kechiche.

Estas denuncias empañaron un mito creciente del cine LGTBI. Pero nada es perfecto y de eso ya hemos hablado aquí. Una podía pasar más o menos por alto todo aquello y seguir admirando la obra, obviando un poco al autor como nos ha tocado hacer tantas veces. Será más o menos acertado, más o menos comprometido, pero en aquel momento así eran las cosas. Honestamente, una tampoco se lo planteaba demasiado por aquel entonces.

Quise querer tanto a La vida de Adèle por un ansia interminable de referentes

Lo que más ha pesado, por encima de aquella polémica sobre los métodos del director, es el paso del tiempo. Los años han ido empequeñeciendo el mito hasta hacerlo desaparecer. Quien haya leído el cómic en el que está basado la película –El azul es un color cálido (Julie Maroh, 2010)–, lo entenderá. No lo recordaba, pero yo leí su versión en francés incluso antes de ir a ver la película a una sala. No lo recordaba porque, en parte, la película eclipsó a la novela gráfica. Ambas obras contaban historias completamente diferentes y no ha sido hasta muchos años después que he comprendido que el auténtico referente está en aquel cómic, no en la película de Kechiche –una adaptación tan libre como perniciosa–.

En la novela gráfica de Julie Maroh, Adèle se llamaba Clémentine, y Clémentine –qué raro– moría al final. Más allá de la obsesión con matar a las lesbianas en la ficción, aquel cómic era una representación mucho más cercana a la realidad de lo que es crecer y salir del armario como lesbiana en la Francia de la época. Estaba escrito por una lesbiana, Maroh, que además más tarde criticó la película de Kechiche diciendo algo que parecía obvio aunque algunas lo pasáramos por alto: esas escenas de sexo eran inverosímiles. 

Toda la historia, en realidad, es completamente inverosímil y, a veces, me pregunto por qué la compré como un argumento basado en la realidad. No suelo hacerlo, siempre tengo muy clara la brecha entre ficción y vida real. Incluso con películas que han relevado a la de Kechiche como mitos del cine lésbico, como Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019). Tal vez, me digo a veces, quise querer tanto a La vida de Adèle por aquel ansia interminable de referentes.

Cecilia de la Serna Sandoval

Madrid (donde vive y aspira a vivir siempre), 1991. Periodista en The Objective. Le gusta lo típico: el cine, viajar, comer rico. Sólo ve cine en versión original y no por los idiomas, sino porque el doblaje no es lo que era. Sus dos películas favoritas compitieron por el mismo premio, ganó la mejor. Además de en The Objective, trabajó en El Mundo, Mediaset España y esRadio.

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