Steve McQueen es Junior Bonner. Fotograma de "El rey del rodeo".
Steve McQueen es Junior Bonner. Fotograma de "El rey del rodeo".

Tengo que seguir mi propio camino

Esta columna sobre el Oeste es, en realidad, una columna sobre Junior Bonner, la soledad y dos libros: "Basilisco" y "A lo lejos"

Aparece, junto a la caravana que lleva su nombre, este cowboy rubio y flaco. La camisa abierta, el dorso acardenalado, la mirada cansada. Un toro llamado Sunshine lo ha derrotado, nadie resiste ocho segundos en su lomo; ni siquiera Junior Bonner, al que todos conocen y admiran y saludan con un gesto de sombrero. Un segundo cowboy entra en escena y se acerca a él con voluntad de consuelo. Junior le dice: «Tal vez deba cambiar de profesión». El otro sonríe: «Nos vemos en Lescott, J.R.».

Hace unas semanas, el editor Enrique Redel me recomendó leer la última ¿novela? de Jon Bilbao, Basilisco. Y, antes de leerla, me invitó a leer el primer relato de otro de sus libros, Estrómboli. Tenía todo el sentido. Si seguís su consejo, lo comprenderéis. Enrique me dijo: «Ojalá pudiera leer a Jon Bilbao por primera vez». Me pareció exagerado, aunque honesto, y al cabo de unos días caí rendido ante una literatura endiabladamente natural, cegadora, que explica el mundo como si tal cosa. Recuerdo la emoción por una escena, que ocurre en algún lugar de California, cuando el trampero John Dunbar da una lección de caza a su amigo Jack Clement: lo ata a una estaca, le entrega un rifle y le desea suerte: «Si algo se acerca, dispara». El sol cae a plomo, pasan las horas. A su regreso, Dunbar le cede una cantimplora. El aprendiz de cazador bebe con ansiedad y le dice: «Creí que ibas a enseñarme a cazar». Dunbar responde: «Antes debes sentir la necesidad de aprender a cazar». Me hizo pensar en por qué escribo.

Me interesé por Jon Bilbao y descubrí su admiración por Junior Bonner. El vaquero descamisado, el perdedor infatigable, el sabio en su resignación, el condenado a la soledad, el desposeído que regresa a casa (Lescott, Arizona) por el último rodeo de su padre. Casi al final de la película, y después de un tenso reencuentro, su hermano le propone que trabaje para él, un empresario a la busca del millón de dólares; el espectador advierte, entonces, que hay vidas que no están hechas para la seguridad. «Tengo que seguir mi propio camino», le dice Junior. «¿Cuál es ese camino?», pregunta el hermano. Y Junior no responde porque ese camino son todos y ninguno y, en realidad, ¿quién puede responder a esa pregunta? A diferencia de Neil McCauley en Heat, obligado a no poseer nada que no pueda abandonar en 30 segundos, Junior se marcha sin mirar atrás. A cambio de la libertad, acepta como pago la soledad y la tristeza, que lleva siempre a cuestas.

Los personajes de Jon Bilbao combaten la soledad, a su modo, y alguno termina por abrazarla. Eso ocurre también en una novela fabulosa que tradujo de Hernán Díaz, A lo lejos. Una historia impresionante, tristísima, de un muchacho sueco que parte junto a su hermano hacia los Estados Unidos de la Fiebre del Oro. Lo terrible sucede en el mismo comienzo del trayecto, cuando el muchacho —en suelo británico— lo pierde de vista, igual que se pierde su voz en la multitud; la única referencia que el chico conserva es el puerto final, Nueva York, y tampoco eso sale bien. Cuando llega a la costa contraria, o al descubrir que es la costa contraria, asume su destino: atravesar a pie y sin certezas ese vasto continente en construcción, sin lugar para el lamento, al encuentro de su hermano. Pero los años pasan y se hace viejo.

En una escena, aquel muchacho, golpeado una y mil veces por la desgracia, convertido en adulto, en ermitaño y en objeto de leyendas, topa con unos soldados de la Guerra Civil. Ambos se estudian mutuamente. «Él, recordando lo que era un hombre; ellos, descubriendo lo que un hombre podía llegar a ser». Y, en fin, quería escribir un artículo sobre el Oeste y la civilización, el ferrocarril y las fronteras, las supersticiones y la ciencia. De dos libros y poco más. Pero uno se sienta a escribir y sale cualquier cosa. Supongo que, más allá de los paisajes, es la soledad lo que une los relatos.

Jorge Raya Pons

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es redactor de El Español. Anteriormente trabajó en The Objective, El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

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