Chloé Zhao y Frances McDormand, durante el rodaje de "Nomadland". Fotografía de Fox Searchlight Pictures.
Chloé Zhao y Frances McDormand, durante el rodaje de "Nomadland". Fotografía de Fox Searchlight Pictures.

Chloé Zhao tiene un aire castellano

A la dictadura china le gusta el éxito de "Nomadland": lo que no le gustan son las opiniones de su directora

Leí que Leila Guerriero escoge los libros por el final. Más que por el final, por la última línea, que no revela demasiado. Y ya si le gusta, si enciende la llama, retrocede al capítulo uno y le da a la novela. A mí me pasa que empiezo el periódico del viernes por la columna de Juan José Millás, en la contraportada, y si me gusta, si está al dente, voy pasando las páginas al revés: de la última a la primera, pasando por la política y la propaganda, deteniéndome en los comentarios y los reportajes y robando alguna idea. Así llegué, por ejemplo, a un artículo —a la izquierda del pronóstico del tiempo— que arrancaba con fuerza: «La opinión pública no sabe cómo encajar el éxito de Chloé Zhao». Explicaba Jaime Santirso que el triunfo de la cineasta en territorio a batir se celebró con orgullo patriótico: gustaron menos sus críticas a la dictadura de partido. De modo que la vigilancia china, al descubrir la disidencia, se cubrió las espaldas y censuró los vídeos con opiniones políticas. Y hay más: amenazó con suspender el estreno de Nomadland en el país, que es el principal mercado cinematográfico del mundo, y atacar por la vía rápida las previsiones económicas de Disney, que financió la película. Una amenaza en condiciones, ¿verdad? Pensé que nos pasa algo parecido con los nuestros. Hay una España que no soporta a Bardem y Almodóvar, que decide que, bueno, no son para tanto; son españoles que no ven sus películas, que rumian sobre subvenciones, que braman si sonríen a cámara. Los desearían más católicos o más callados, supongo. Sé que no es más que un pensamiento tonto, el mío; una semejanza absurda. Y sin embargo encuentro en Chloé Zhao un aire castellano, con su deje de Albacete y su carácter de tierra adentro, no puedo evitarlo, y en el fondo sospecho que los humanos, aquí o allí, no somos tan distintos, que de la libertad a la dictadura hay un paso en falso y que quién sabe qué será de nosotros en unos años.

Jorge Raya Pons

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es redactor en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

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