Morirse como Antonio Escohotado

«Si la vida se despide, yo me despido antes. ¿Tú pataleas ante lo inevitable?»

Antonio Escohotado, en los setenta. Fotografía integrada en 'Mi Ibiza particular' (Espasa)
Antonio Escohotado, en los setenta. Fotografía integrada en 'Mi Ibiza particular' (Espasa)

Un millón de veces le preguntaron por la canción de su vida, y un millón de veces respondió Antonio Escohotado, con fidelidad cristiana, Don’t think twice, it’s all right, de Bob Dylan. Que antes que canción, o después, es una filosofía y un deambular por la dignidad del hombre y por el respeto a uno mismo, una palmadita en el hombro y un decir adiós sin castigarse demasiado, a salvo de las cuentas pendientes. Que no es que Dylan le escribiera a la vida con la sabia intuición del eremita ruso. Tenía 21 años. Pero escribiéndose a sí mismo, y escribiendo para sí sobre la mujer que dejaba atrás, escribió sobre el principio fundamental del hombre libre.

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O tal vez sí. ¿Acaso Dylan supo desde la casilla de inicio de qué iba la movida, cómo avanzar cada vez más cansado y más débil, hasta cuándo abrazar la existencia, con el mejor espíritu, y cuándo dejarla caer? ¿Bajará Dylan el telón de sus días bebiendo y fumando y viajando y componiendo, con el hábito de cada mañana, igual que lo hizo Escohotado? ¿Acaso saben ellos algo que se maneja en códigos reservados, ajenos al resto, y a nosotros nos basta con respirar la esencia del pétalo y fingir que comprendemos?

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El Escohotado del ocaso, de vuelta a la isla y más don Antonio que Escota el Melenas, el terror de las nenas, prestó horas y horas a curiosos y drogatas y periodistas y liberales, y de las horas y horas que estiraron el tiempo de descuento arrancó el cronista Ricardo F. Colmenero un epitafio, al menos. «Si la vida se despide, yo me despido antes. ¿Tú pataleas ante lo inevitable?».

Jorge Raya Pons

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es periodista en El Español. Anteriormente trabajó en The Objective, El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

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