Verano en Madrid

La heladería estaba llena hasta los topes y el ruido era ensordecedor y una bola comenzaba a derretirse sobre su cucurucho en el mostrador. Tenía el color dorado de la vainilla y en la heladería los clientes entraban y salían y los helados se servían y consumían a la misma velocidad. Todos los helados salvo el cucurucho de bola dorada, invisible para los trabajadores; estuve cerca de avisarles, en un minuto aquello habría dejado todo pegajoso, desagradable y perdido, pero no lo hice. Desde fuera observaba la imagen y permaneció dentro de mí en el camino a casa, escuchaba con claridad y a todo volumen la música para locos que producen las gotas al impactar con el suelo y los pasos se fueron haciendo cada vez más difíciles, nítidamente visualicé que aquello que una vez fue sólido era ya una mancha en el suelo.
 

Sentía caer desde el cielo y a plomo el calor en este día de verano, sentía la humedad en mi frente y observé mis manos cada vez más difusas y el susto fue tremendo cuando advertí que los dedos y las uñas se deshacían sobre la calzada como el helado sobre el mostrador, me preocupé de inmediato, ¿con qué manos escribiría a partir de ahora? Quise que mis zancadas fueran más rápidas, llegar a casa, darme una ducha, tumbarme en la cama. Pero las zancadas se hacían más y más pesadas y descubrí mis piernas nada sólidas en el ridículo esfuerzo de atravesar la Gran Vía, giré mi cabeza y abrí los ojos ante el rastro multicolor que me acompañaba, igual que el aceite en algunos coches. Con sus cabezas cubiertas, los otros pasaban ante mí sin sorpresa ni escándalo. Nada quedará de mí salvo una mancha, pensé, y seguí pensando hasta que me abordó la idea de que ya no sería sólo imposible escribir, sino que sería imposible la vida misma, y aquello me entristeció tan profundamente que solamente tuve espacio para una cuestión decisiva, ¿quién me recogería cuando no fuera más que líquido a la intemperie?

Escrito por

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es redactor en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

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