La vida que era

Es verano y la vida que es –que es tanto– cede espacio por un rato a la otra vida que durante tanto tiempo fue.
 
De camino a la estación, una nostalgia anticipada. Las ganas de tomar aire en ese extraño limbo espacio-temporal, el paréntesis reservado al que regresas allí donde creciste. Dirección al norte y adiós al asfalto. Farewell, Madrid.
 
En la vida que era casi siempre está nublado. Aquí se dice brétema y suena místico, pero la realidad es que somos de sol perezoso, con aires de estrella de rock. Sale de vez en cuando, así como quien no quiere la cosa. Nos coge desprevenidos y dejamos lo que sea que estuviésemos haciendo, a su disposición. Al rato se marcha, lánguido, nihilista, arrastrando su brillo sobre la superficie del mar. Por aquí el lujo son unos calamares, un reencuentro, unas patatas fritas de Bonilla. Mi madre y su arsenal de artilugios playeros. Es anhelar durante todo el año poder leer en la arena para recordar –una vez más– eso que nunca se admite por aquello de la dignidad: lo absolutamente incómodo que es.
 
Claro que hay algo de tópico –y de utópico– en todo esto. De todas formas, uno no debería fiarse demasiado de los cuentos de la memoria. Tan idealista y peliculera; tan vacilante entre la realidad y la ficción. De la vida que era, se queda sólo con los veranos.
 
En este extraño limbo espacio-temporal el aire está como enrarecido. Ya no es el de la burbuja de la independencia. Ahora se comparte, su densidad es consenso: la hora de la cena, la última galleta, el canal en la televisión. En el cajón de siempre está el pijama de siempre –de siempre antes– y las primeras noches sienta raro. Las sábanas están planchadas. El Cola-Cao es formato familiar. El periódico llega en papel. En las conversaciones de siempre –de siempre antes– tu opinión ya no es la misma. Es casa, pero hace tiempo que no es la única, y las primeras noches sienta raro.
 
En la vida que era hay otras vidas que han seguido siendo, sólo la propia se ha quedado suspendida. Volver es regresar a los otros libros, a las otras canciones, a las otras historias. Es aceptar, con elegancia y cierto grado de humildad, que esas vidas han seguido siendo, y de qué manera. Es intentar que la propia se actualice para quienes no están en su desarrollo: en los nuevos libros, en las nuevas canciones, en las nuevas historias. Es haber tomado perspectiva y es saber dejarla de lado. Saber, entre caña y caña, reducirlo todo a lo esencial: a lo humano, al cariño que subyace.
 
La vida es eso, al final. La que es y la que era.

Escrito por

A Coruña, 1997. Estudió Periodismo y algo más. Vive en Madrid y es redactora en The Objective. Suele ir a todas partes, menos al grano; si es al grano, no va. Aquí ha venido a divagar a gusto.

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