Joaquin Phoenix

He visto dos veces En realidad, nunca estuviste aquí, y lo que sentí en la primera ocasión es que algo funcionaba mal dentro de mí. Me fui caminando a casa, muy serio y alienado, cruzándome con otras personas y sin mirar a los ojos, atravesando las calles en los primeros días de frío, y al abrir la puerta no quise hablar con nadie, no escuché música ni abrí ningún libro, cociné algo rápido y cené y mis compañeros me preguntaron qué me ocurría y les dije que nada y me tumbé en la cama, en silencio, hasta que apagué la luz y me venció el sueño. Al día siguiente pensé sobre cómo me sentía. Comprendí que la adoraba y que colaboraban con esa emoción los guiños y codazos de complicidad a Taxi Driver, que habré visto un millón de veces, y le dije a mi amigo Héctor, que es director de cine, que me acompañara a ver En realidad, nunca estuviste aquí con la estúpida voluntad de someterla a un test de esfuerzo. Luego paseamos juntos hasta casa y esta vez fue él quien no articuló palabra.

 

Creo que os he conducido hasta aquí para confesar algo: que no importa si Joaquin Phoenix es el mejor actor o no de su generación, como le preocupa a Bret Easton Ellis. Pero siento que Joaquin Phoenix consigue que nos desbordemos como un río bajo el monzón, y que en cada escena nos sintamos como en medio de un campo de batalla. Y ese campo de batalla somos nosotros mismos. Y a veces incluso siento que Joaquín Phoenix es como un amigo y pongo una tilde en su nombre y creo conocerle un poco y cuando me levanto del asiento y comienzo a limpiar los zapatos o a doblar las sábanas me viene a la cabeza la idea de que Joaquin Phoenix tiene la virtud del artista, que consiste en calmar al perturbado y perturbar al calmado. Y creo que lo hace de un modo particular y profundamente genuino y, tal y como yo lo veo, con la delicadeza emocional de la máquina taladradora que perfora montañas. Le doy vueltas a la cabeza y no conozco a otro actor de su generación capaz de tanto. Tal vez Seymour Hoffman. Pero murió. Leo que un día como hoy. Dos de febrero. Qué efímero es el recuerdo.

Escrito por

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es redactor en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

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