Recuérdame cuando yazga en la tierra

 

«Alguna vez lo he comentado. Si pudiera escoger ser otra persona, nacer en otro lugar y en otra época, escogería ser Jeff Buckley. Mi fascinación hacia este hombre y su trabajo de presentación al mundo, Grace, continúa intacta desde los últimos años de la adolescencia. En 2016 escribí este artículo para un blog que abrí con un amigo en la universidad. Lo recupero sin apenas alteraciones en el preciso día en que se cumplen 25 años del lanzamiento de aquel álbum que recuerdo con tanto cariño».

Jorge Raya Pons. Agosto de 2019

 

Hacía ya horas que el río estaba a oscuras. No había luz y no había ruido. Su cuerpo vestido dentro del Mississippi, a su paso por Memphis, sin luz y en calma, fue primero arrastrado y después sumergido por la corriente que dejó a su paso un barco grande.
 

«Me siento extraño cada vez que vuelvo a casa tras un concierto», confesó en una entrevista Jeff Buckley. «Como cuando despiertas por la mañana y recuerdas que saliste la noche anterior, te emborrachaste y le contaste los detalles más íntimos de tu vida a un extraño».
 

Su rostro azulado y tranquilo, arrastrado por el agua, fue encontrado río abajo y señalado con el dedo por el pasajero de un transbordador casi una semana después de su desaparición. Fue el 4 de junio de 1997 y tenía 30 años.
 

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A Tim le desesperó su amigo Richard Keeling. Habían terminado la gira en Dallas y Tim quería celebrarlo. Encadenaba una temporada limpio, sin drogas. Así que Tim estaba ansioso y quería una celebración que acabara con la abstinencia. Richard organizó al día siguiente una fiesta en su casa, ya en Santa Mónica.

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«Quiero aclarar que yo toqué en orquestas, hice recitales. Fui yo quien le puso a Tchaikovsky o Rachmaninoff. Mi hermano era cantante, mi hermana tocaba la flauta, todos los días de su vida fue mi familia la que crió a ese niño y le fomentó su lado creativo, artístico. Me siento insultada cuando me preguntan dándole tanto crédito al donante del esperma», defendió Mary Guibert, madre de Jeff y primera esposa de Tim Buckley, en una entrevista concedida a El País. «Yo fui quien tocó el piano y cantó con él desde que tenía siete años. Yo le crié absolutamente sola».
 

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Tim Buckley bebió sin moderación y sin modales y perdió a todas luces los papeles. Se emborrachó y rogó a Keeling que le dijera dónde había guardado el caballo. Su amigo estaba ocupado con otros asuntos y le pidió que lo dejara tranquilo. «¿Dónde está el caballo?», insistió Tim, hasta que Richard le señaló dónde estaba, sugiriéndole además que podía metérselo todo siempre que le dejara tranquilo. Él estaba ocupado.
 

Poco después se vieron conduciendo a Tim –en estado crítico– hasta su casa, donde le esperaba su segunda esposa, Judy, que primero lo acomodó en el suelo de la sala de estar exigiendo explicaciones a sus amigos y luego lo metió en la cama para que descansara y cuando volvió a interesarse por él estaba inerte y sin pulso.
 

El azul del cuerpo significa asfixia.
 

Se certificó la muerte de Tim aquella misma noche del 29 de julio de 1975, a los 28 años. En el obituario que publicó Rolling Stone se especifica que dejó mujer, Judy, y un hijo, Taylor, de 12 años, nacido del matrimonio anterior de su esposa1Jeff tampoco apareció entre los asistentes al funeral de su padre, que compuso una canción supuestamente dirigida a Jeff y su madre y que el propio Jeff sintió la pulsión de reinterpretar: I never asked to be your mountain (Nunca pedí ser tu montaña, en castellano)..
 

«Poco después de su muerte me di cuenta de que apenas compuso canciones con la palabra hogar», mencionó Larry Beckett, letrista y batería en la banda de Tim.
 

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Mary, en 1968, un año más tarde del nacimiento del hijo y del divorcio, se casó con Ron Moorhead, mecánico de coches, que ejerció de padre de Jeff Buckley durante los cinco años de matrimonio. Ron le regaló a Jeff su primer álbum de Led Zeppelin y Jeff se hizo llamar Scott Moorhead hasta los 20.
 

Para Jim Fielder, amigo personal de Tim y bajista de la banda, el embarazo de Mary fue el desencadenante de la ruptura: «Mary era vivaz y talentosa, una gran pianista, igual que Tim. Pero el embarazo agrió la relación, ninguno de los dos estaba preparado. Tim creyó que aquello entorpecería su creatividad y Mary, que ya no sería capaz de impulsar su propia carrera».
 

Tras la muerte de su único hijo, Mary Guilbert decidió entregar su vida a la custodia de la obra de Jeff. Hace tres meses salió al mercado un álbum, You and I, bellísimo, con grabaciones hasta ahora en el anonimato, todas ellas versiones de bandas y músicos que él admiraba. Se intuye de sus palabras la imposibilidad de disociar entre madre y productora. «Oírle decir madre es suficiente para romperme el corazón», evidenció al escuchar I know it’s over, de los Smiths, en la voz de su hijo –«Oh, madre, puedo sentir la tierra cayendo sobre mi cabeza»–. Mary había rechazado un sinfín de proyectos cinematográficos para adaptar la imagen de su hijo, incluyendo una propuesta de Brad Pitt –admirador confeso–, hasta que terminó por aceptar una película inspirada en el famoso concierto-tributo a su padre.
 

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Cuando Jeff recibió la llamada no supo bien qué responder. Los amigos de Tim sabían que el chico había estado en bandas locales del Sur de California y estaban organizando un tributo a su padre en el que querían que participara como músico. Habían conseguido que una iglesia de Brooklin les cediera el espacio y habían encontrado un nombre apropiado para el evento: Greetings from Tim Buckley [Saludos de Tim Buckley].
 

Era abril de 1991 y Jeff Scott Buckley subió por primera vez a un escenario en solitario, con 23 años. En una iglesia, ante productores y viejas glorias. Hasta entonces era un desconocido y ni siquiera él atendía al potencial de su voz penitente. Creía ser más un guitarrista que un cantante.

 

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Dijo Manda Beckett, esposa de Larry, que T. Buckley era vulnerable y emocional. Y en términos no tan modestos, Lee Underwood, biógrafo del cantautor, escribió sobre sus episodios de ansiedad y tristeza –anhedonia, depresión–, que atribuyó a una familia parca que giraba en torno a un padre miserable al que la II Guerra Mundial obsequió con una lesión craneoencefálica. «Su padre le miraba fijamente, Tim era muy guapo, le llamaba marica y le sometía a palizas. Advertía el talento de su hijo, pero le decía que jamás lo conseguiría. Tim tampoco recibió el respaldo de su madre», resumió el biógrafo.
 

La soledad y el rechazo conformaron un carácter combativo, neurótico e inestable. «Estar con Buckley era como salir con Eddie Haskel»2Personaje popularmente conocido en Estados Unidos por la teleserie Leave It to Beaver, al parecer emitida entre 1957 y 1963. Se dice de Haskell que es el paradigma del sicofante. No hay información sobre por qué empleó este símil y no otro., bromeó John King, viejo amigo de Tim. «No podía pasar por delante de una mesa de billar sin golpear las bolas o frente a una alarma de incendios sin apagarla».
 

Tim Buckley sentía predilección por La naranja mecánica.
 

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Jeff se esforzó por crear un legado lejos de la sombra de su padre, héroe de la contracultura. En una de sus primeras actuaciones, un periodista le preguntó por la influencia de Tim en su música. Jeff, irritado, no reservó reproches: «Me acabo de dejar la piel, he sudado hasta el último suspiro y lo primero que me preguntáis es por Tim Buckley, que lo único que me dio fue un vistazo de pasada». Primero fue Grace¸ en 1994, y después tres años de obsesión-reclusión-entrega para superar uno de los álbumes más grandes en cien años, una obra maestra.
 

Así que viajó hasta Memphis, Tennessee, en busca de paz y seguridad.
 

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Sobre el altar de una iglesia en Brooklin, Jeff Buckley recuerda a su madre. Apoya los dedos sobre el acorde y el público queda en silencio: «Sólo era un niño cuando Mamá me descubrió esta canción». Luego carraspea la voz, rasga las cuerdas.
 

Aquel día escuchó por primera vez la voz de su padre.
 


 

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Bonus track: Dos años antes de morir, en julio de 1995, Jeff participó en el festival de Meltown, en Londres, organizado por Elvis Costello. Cuenta el músico Philip Sheppard que Buckley llegó tarde, confundido –preguntó en qué país estaba, aturdido por las horas de avión–, se disculpó, y sacó un cuaderno infantil donde tenía anotado su repertorio. Luego salió ahí fuera y cerró el concierto con El lamento de Dido, una aria de la ópera Dido y Eneas, creada por Henry Purcell (1659-1695) inspirándose en la Eneida de Virgilio. Hubo conmoción y aplausos y Costello se dirigió al público: «Debéis saber que no hay nadie ahí dentro que quiera salir al escenario después de esto».

Escrito por

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es redactor en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

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