Cinco apuntes muy breves sobre “Érase una vez en Hollywood”

I

 

Hablamos cincuenta años después del spaghetti western con cariño y admiración y cierto fervor. Quentin Tarantino no se cansa de decir —la pesadez está en las preguntas— que su película favorita de todos los tiempos es El bueno, el feo y el malo, de Sergio Leone, a quien guiña un ojo con el título de la película. Sin embargo, la propia apelación al spaghetti era una burla de los americanos al tipo de western que se hacía en los 60 y 70 en Italia y España, una burla ciega, irracional y trufada de nacionalismo; tuvieron que pasar algunas décadas para que surgieran las primeras revisiones honestas y cómplices de un subgénero que revitalizó el cine en esta parte del océano.
 

Quentin Tarantino ha escrito y dirigido una canción de amor al spaghetti western, sí, pero también a Los Ángeles, la ciudad donde creció con la radio en los coches, los días sin lluvia y Hollywood en plena metamorfosis. Eran los últimos coletazos de los 60. Fueron los tiempos de El graduado y de Easy Rider y de aquel torbellino que se llevó por delante a tipos como Rick Dalton.
 

Y esta misma canción de amor se extiende hacia lo que representa la dulce y despreocupada Sharon Tate, como todo el mundo sabe asesinada y desfigurada —cuando estaba embarazada de ocho meses—por la banda de pirados de Charles Manson, que en la película aparece un instante y de pasada. Esta decisión supone en sí misma una revolución en el historial narrativo del suceso: Tarantino da fuerza a la víctima y no al verdugo —espontáneamente coronado como icono pop— y valor a lo que significa la palabra justicia.
 

Margot Robbie es Sharon Tate en "Érase una vez en Hollywood". Fotograma de la película.

Margot Robbie es Sharon Tate en “Érase una vez en Hollywood”. Fotograma de la película.

 

II

 

Es extraordinario el talento de Tarantino para crear personajes que aparecen escasos minutos y sin embargo contienen universos en sí mismos, los arma de un carisma arrollador y un pasado sobre el que se pueden levantar montañas. No hablo ya de Rick Dalton, ni Cliff Booth, tampoco de Sharon Tate; sus casos los doy por evidentes. Me refiero a los personajes que conocemos en las carreteras secundarias de la historia.
 

A la pequeña Trudi, seria y concienzuda y descarnadamente inteligente, que en dos secuencias calibra una personalidad fascinante, ¿podríamos viajar hacia delante y leer su nombre en los créditos principales de un blockbuster? Sus palabras de halago —«ha sido la mejor interpretación que haya visto jamás»— bastan para que un ciervo herido como Dalton se convierta en un río de lágrimas.
 

A la bellísima Pussycat, una hippie con mechones en las axilas que integra el harem de Manson. ¿Cómo llegó hasta el rancho?, ¿de dónde viene?, ¿por qué sus sueños de liberación la condujeron hasta la prisión del colectivo?
 
¿Qué tratas de decirnos, Quentin?
 

Margaret Qualley es Pussycat en "Érase una vez en Hollywood". Fotograma de la película.

Margaret Qualley es Pussycat en “Érase una vez en Hollywood”. Fotograma de la película.

 

III

 

Tarantino no es racista, ni machista, no existe constancia de que odie a los perros. Lo deduzco de sus películas porque no tengo el gusto de conocerlo personalmente. De lo que estoy seguro es de que está hasta los mismísimos de que se le echen encima todos los agraviados de este mundo, todos los colectivos dispuestos a cargar con la Cruz por el resto de nosotros y alumbrarnos el camino hacia lo correcto. Con mucha inteligencia y la sutileza de los maestros de la escritura, Tarantino los saluda con un caluroso fuck off.
 

¿A quiénes?
 

A los moralistas que promueven el linchamiento por el uso de un lenguaje no respetuoso —porque no comprenden que escribir personajes homófobos, xenófobos o machistas no te convierte inequívocamente en homófobo, xenófobo o machista— y que acaban influyendo en qué se produce y qué se desecha. Son como niños, se revuelven contra la idea de abrir los ojos, ¿qué hace un niño cuando un monstruo le visita por las noches?
 

A las redes de concienciadas feministas que se rebelan en grupo contra todo, pero particularmente contra el liberalismo y contra el macho alfa, para convertirse en algo muy parecido a la cara oscura del enemigo; a ellas (y ellos) deleita Tarantino con una violenta —por tiránica y por embarazosa— escena en la comuna de Manson. Como una respuesta ingeniosa que deja al final dolor de costillas.
 

A los defensores de la justicia popular y a los detractores de la presunción de inocencia, que condenan para siempre al salvaje pero leal e instintivamente humano Cliff Booth por un ¿asesinato? del que fue absuelto.
 

A todos ellos.
 

Tengo la impresión de que Tarantino tuvo muy presente el #MeToo mientras escribía.
 

Lena Dunham interpreta a una de las piradas del rancho de Manson. Fotograma de la película.

 

IV

 

Pero sería un pecado reducir Érase una vez en Hollywood a una canción protesta y un viaje nostálgico. Admiro, fundamentalmente, la bella historia de fraternidad entre Rick y Cliff, la estrella y el especialista, unidos durante años en las juergas y en los desengaños —irremediablemente unidos en un territorio cada vez más hostil para dos tipos fuera de onda—; nunca se abandonaron, volaron por encima de las circunstancias.
 

Rick creyó a Cliff cuando le dijo que no asesinó a su mujer, le creyó y le apoyó, no le dejó tirado cuando la industria lo convirtió en un paria. Y Cliff, bueno, Cliff le salva la vida de mil maneras distintas, literal y figuradamente. Tampoco la forzosa aventura italiana separó sus caminos; sólo el matrimonio hizo algo al respecto.

 
Hay algo muy tierno en estos dos tipos tomando cerveza y fumando mientras comentan viejas secuencias. Viejas secuencias… porque los años no pasan solamente para las películas.
 

Cliff Booth y Rick Dalton repasan viejas secuencias. Fotograma de la película.

 

V

 

Ahora entiendo por qué le preguntan a Tarantino si su décimo y último largometraje será una película de terror. La escena de Cliff Booth en el Spahn Ranch es una obra de arte que no necesita de sustitos ni escenas de noche para que sientas la tensión en el cuello. Me hizo gracia el comentario del montador de Érase una vez en Hollywood a Tarantino: «Es como La matanza de Texas… si La matanza de Texas hubiera tenido presupuesto».
 

Cliff Booth, en el terrorífico Spahn Ranch. Fotograma de la película.

Cliff Booth, en el terrorífico Spahn Ranch. Fotograma de la película.

Escrito por

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es redactor en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

2 comentarios

  • Avatar Pencho

    Me ha gustado mucho tu crítica, la firmaría debajo.Menos mal que queda alguien al que le dejan hacer películas con total libertad, cuando llegue a la décima y lo deje,nos quedará un páramo de sagas clonadas de superhéroes,películas infantiles,comedias previsibles y aburridisimas películas de los Tom Cruises repitiéndose más que el ajo.Seguro que todos estos ofendiditos que abominan de Tarantino ya no tendrán nada que criticar.

  • Buena mirada a la película. Es increíble que haya tanta gente obcecada en la idea de que Tarantino no puede ser crítico con las bobadas de la nueva izquierda.

    https://hombreblandengue.wordpress.com/2019/08/12/la-mirada-masculina-liberada/

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