Lo que hace Ken Loach es ponernos frente al espejo

Era sólo una adolescente cuando descubrí a Ken Loach en una pantalla de cine. La película era El viento que agita la cebada (2006) y la sala de cine ya no existe. Entonces no entendía demasiado de conciencia de clase, de privilegios –aunque los ostentaba– ni de políticas sociales. Por lo que no entendía demasiado el cine que hacía Ken Loach.
 

El viento que agita la cebada, la película que le valió su primera Palma de Oro en Cannes –diez años después le llegaría la segunda con Yo, Daniel Blake (2016)– es una rara avis en la filmografía de Loach. Narra el conflicto irlandés, situando el tiempo de la película en pleno estallido de la Guerra de Independencia irlandesa en 1919. No es el único título histórico dirigido por el inglés, que ha retratado otras contiendas como la Guerra Civil española en Tierra y libertad (1995), así como recuperado historias reales como la del activista y líder comunista irlandés James Gralton en los años 30 en Jimmy’s Hall (2014). Sin embargo, no es muy común ver a Loach echando la mirada atrás. Su cine está casi siempre apegado a la actualidad, al corazón mismo de la sociedad de su tiempo.
 

Pero El viento que agita la cebada es, en realidad, un flashback a un conflicto que perdura aún en nuestros días. Como muchos. El problema irlandés, aunque ya no ocupe los titulares que ocupaba en los años más cruentos del terrorismo del IRA, es todavía un punto fundamental en las negociaciones de un Brexit que ni llega ni se le espera. En esta película, Loach muestra sin filtros la brutalidad de los Black and Tans, una fuerza paramilitar utilizada por Londres para apaciguar la revolución en Irlanda y que a menudo atacaba y torturaba sin miramientos tanto a los guerrilleros del IRA como a la población civil. Esta tortura es representada sin tapujos en la película, que resulta tan transparente como desgarradora. Tanto es así que a Loach, especialmente ducho desde hace décadas en su oficio de criticar las actitudes de los poderes establecidos en su país, se le acusó de antibritánico por parte de algunos medios conservadores. Aunque dudo mucho de que estas acusaciones le quitaran el sueño.
 

Cuando vi El viento que agita la cebada por primera vez me consideraba demasiado joven. Demasiado joven para comprender el calado de lo que narraba, demasiado joven para asimilar esa crueldad que mostraba. Pero la película me marcó de tal manera que ya no pude escapar de ella ni del cine que hacía Ken Loach, a quien he revisitado con frecuencia a lo largo de los años.
 

Esta película es una de las muchas que el director inglés ha hecho con su guionista fetiche, Paul Laverty. Con él al teclado, Loach ha firmado muchas y laureadas cintas, como las dos que ya he mencionado. Un total de trece películas de Loach han sido escritas por Laverty, asiduo también en los guiones de las cintas dirigidas por su mujer, la española Icíar Bollaín.
 

Cillian Murphy es Damien en “El viento que agita la cebada”. Fotograma de la película.

La dupla que forman Loach y Laverty es una de esas irrepetibles en el mundo del cine. Justo un par de años después de descubrir El viento que agita la cebada tuve la oportunidad de entrevistar a Paul Laverty. Fue en el Liceo Francés, donde yo estudiaba el bachillerato de letras y donde, admito, pensaba que algún día me ganaría la vida escribiendo guiones. El tiempo de momento no me ha llevado por esos derroteros, pero el ejemplo de Laverty sigue en mi cabeza. Según me contó, dedicó la mayor parte de su juventud a trabajar en proyectos sociales y no fue hasta que cumplió 40 años que escribió su primer guión, el de la película dirigida por Loach Carla’s Song (1997). Su vocación por relatar la realidad social, tanto del Reino Unido como de otros países en los que ha vivido, desde un punto de vista honesto y sin artefactos, ha convertido a sus guiones en los mejores aliados para terminar de enriquecer las historias filmadas por Loach. Y así, película a película, ya llevan más de dos décadas trabajando juntos, escribiendo y representando a personajes cargados de instinto de supervivencia.
 

Un total de 32 películas lleva filmadas Ken Loach en cinco décadas, y otras tantas piezas audiovisuales realizadas para televisión. Documental, ficción y otras que no son fáciles de distinguir si son una cosa o la otra. A sus 83 años parecería que le queda poco por contar, pero la realidad siempre sigue vigente, el oprimido continúa falto de voz y Loach sigue empeñado en dársela.
 

Después de la crisis de 2008, el mundo no es el que era. Y el director-activista no lo ha pasado por alto. Muestras de ello son sus dos últimas películas, Yo, Daniel Blake y la más reciente, Sorry, we missed you (2019). Ambas se centran en historias humanas en un mundo deshumanizado. La primera, en un hombre que lucha contra la burocracia para recibir una pensión por incapacidad después de sufrir un infarto; la segunda, en una familia que lucha por salir adelante pese a la precariedad laboral y la esclavitud moderna. Lucha, conflicto, adversidad: el nexo de unión de todo su cine.
 

Sus radiografías son tan certeras y demoledoras que ir a ver una película suya es como pasar por debajo de una apisonadora. Sus bandas sonoras son escasas, no hay truco ni magia. Loach no hace cine espectáculo, hace cine a secas. No ves sus películas por diversión ni por evasión. Las ves porque hay que verlas. Porque no hacerlo sería negar la realidad. Cuando le descubrí, yo no sabía de conciencia de clase, de privilegios ni de políticas sociales. Ahora que me hago una idea, no dejo de aprender con cada línea de guión, con cada escena. Aprendo sobre nosotros, sobre nuestro poder como sociedad, sobre lo que escapa a él, sobre mí misma. Adquiero conciencia de todo lo que obviaba por comodidad, adquiero conciencia de mis propios privilegios. Esa es la trascendencia del trabajo que hace un director tan necesario como tristemente inimitable.
 

Ken Loach hace cine social, sí, pero eso es tan sólo una etiqueta. Lo que realmente hace Ken Loach es ponernos frente al espejo para incomodarnos, para avergonzarnos. Nunca podremos agradecérselo lo suficiente.

Escrito por

Madrid (donde vive y aspira a vivir siempre), 1991. Periodista en The Objective. Le gusta lo típico: el cine, viajar, comer rico. Sólo ve cine en versión original y no por los idiomas, sino porque el doblaje no es lo que era. Sus dos películas favoritas compitieron por el mismo premio, ganó la mejor. Además de en The Objective, trabajó en El Mundo, Mediaset España y esRadio.

1 comentario

  • Avatar Mimí de la Serna

    Un excelente comentario sobre el cine de Ken Loach, muy bien escrito y muy ilustrativo.
    Coincido plenamente contigo. Felicidades

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