Céline Sciamma, retrato de una cineasta en llamas

Céline Sciamma es una de las grandes promesas –realizada y, en parte, cumplida– del cine europeo. Su última película, Retrato de una mujer en llamas (2019), es ya una película de culto y todavía no ha pasado un año de su estreno. Esto es común, aunque parezca precipitado, en el cine que muestra realidades LGTBI. Pero de esto hablaremos más adelante.
 

Sciamma nació en el seno de una familia de clase media y creció en una pequeña ciudad a 25 kilómetros de París. Enseguida empezó a interesarse por el cine. Tanto es así que, cuando aún estudiaba en el liceo, comenzó a escribir el guion de su primer largometraje, Lirios de agua (2007). Esta película relata el autodescubrimiento sexual de una adolescente que se fascina hasta obsesionarse por una de sus amigas, mucho más desarrollada físicamente que ella y que trae locos a todos los chicos de su instituto. La historia está ligeramente basada en sus vivencias como adolescente, lo contó en una entrevista para Time Out cuando promocionaba la película. Fue una página de su diario la que despertó en ella las ganas de escribir ese relato, que más tarde se convertiría en guión. Porque Sciamma es fundamentalmente una escritora.
 

Fue en la Escuela Nacional Superior de Oficios de la Imagen y el Sonido –conocida como La Fémis–, en la que estudiaba Guion, donde coincidió con el actor y director Xavier Beauvois, que presidía el jurado de dicha institución. Él la alentó a dirigir ella misma el guión de Lirios de agua, un debut que ha marcado el camino del trabajo de Sciamma, tan centrado en la infancia y la adolescencia. Entre el coming-of-age y el despertar sexual de jóvenes LGTBI.
 

Fotograma de “Lirios de agua” (Céline Sciamma, 2007).

 

Lirios de agua no supuso solo su debut, sino también la segunda primera vez de una jovencísima Adèle Haenel, que por aquel entonces se encontraba recluida en sí misma tras una experiencia traumática que no se atrevió a hacer pública hasta diez años después. Haenel sufrió, cuando tenía entre 12 y 15 años, abusos sexuales por parte del director de su primera película, Christophe Ruggia. Estos hechos, que denunció hace unos meses, hicieron que desapareciera del mundo de la interpretación durante años, hasta que Céline Sciamma la redescubrió. Tiempo después, ambas comenzaron una relación que no fue notoria hasta 2014, cuando la actriz subió al escenario de los César para recoger un premio y pronunció, tímidamente, las siguientes palabras: «Quiero agradecerle a Céline… porque la quiero».
 

Céline Sciamma le dio a Adèle Haenel su segunda oportunidad en el cine y en la vida. La actriz lo reconoció en una entrevista después de denunciar los abusos de Ruggia ante los medios, cuando definió a la directora como «el mayor encuentro de mi vida y de mi carrera». «Con Céline Sciamma tuve una historia de amor muy larga y muy bella y me salvó la vida», contó a Médiapart, el medio que investigó estas acusaciones.
 

Después de Lirios de agua, Sciamma se lanzó a otra aventura en el género que la vio nacer como guionista y réalisatrice. Tomboy (2011), otra película de culto para el colectivo LGTBI, narra las vivencias de una familia que se muda de ciudad y cuya hija se viste de niño y engaña a sus nuevos amigos haciéndoles creer que es un niño. Es, seguramente, una de las películas que mejor se acerca a la realidad de los menores trans. Elegante, como todo el cine de Sciamma, y con el foco puesto en la búsqueda de la identidad en los albores de la adolescencia.
 

Y después de Tomboy vino Girlhood (2014), película que narra cómo una adolescente negra oprimida por su entorno familiar, las nulas perspectivas en la escuela y por la ley que imponen los chicos en su barrio comienza una nueva vida al conocer a tres chicas rebeldes que se niegan a seguir las normas establecidas. Con este largometraje, Sciamma cerraba una suerte de trilogía sobre la identidad y la adolescencia. Las tres películas tienen varias cosas en común: presupuestos escasos, actores y actrices amateur –en su mayoría muy jóvenes– y guiones valientes que reflejan en la pantalla historias inéditas.
 

Pero para valiente lo que hizo unos cuantos años después. Tras un parón considerable, Sciamma se lanzó al proyecto de su vida, su cuarto largometraje: Retrato de una mujer en llamas. Esta película le ha valido, entre otros, el premio al mejor guion en la última edición del Festival de Cannes, una nominación al Globo de Oro y hasta diez nominaciones a los premios César.
 

Fotograma de "Tomboy" (Céline Sciamma, 2011).

Fotograma de “Tomboy” (Céline Sciamma, 2011).

 

Antes de ser una película premiada y alabada por la crítica, Retrato de una mujer en llamas fue una carta de amor a Adèle Haenel. «La escribí para Adèle», reconocería más tarde. La actriz coprotagoniza, junto con Noémie Merlant, una poética historia de amor entre una pintora y su musa en la Bretaña de principios del siglo XVIII. La artista, interpretada por Merlant, debe pintar el retrato de una joven (Adèle Haenel) para convencer a un rico milanés de contraer matrimonio con ella. La joven, Héloïse, no quiere casarse con un hombre al que no conoce, por lo que rechaza ser pintada. Su madre (Valeria Golino) contrata a la pintora, Marianne, y le hace creer que es una dama de compañía. Entonces comienza un juego de miradas clandestinas perfectamente retratado por Claire Mathon, directora de fotografía de la película, y una historia de amor, pasión y descubrimiento.
 

La valentía de la película habita en todos sus rincones, sobre todo en el hecho de que se carga –de manera sutil, pero se carga– el male gaze, o lo que es lo mismo, la mirada hegemónica del hombre sobre las mujeres, concebidas como objeto sexual. Los personajes masculinos brillan por su ausencia. El que no haya hombres es fundamental porque no son los hombres lo que imposibilitan una historia de amor homosexual entre dos mujeres, sino la sociedad de su tiempo. No hay verdugo claro en esta historia, solo mujeres que luchan por salir adelante por sí mismas. Uno de los personajes, la doncella (Luàna Bajrami), queda embarazada y ambas protagonistas la asisten en un aborto voluntario. Una historia sobre libertad y sororidad adelantadas a su tiempo.
 

Es la primera película de época de Sciamma, que asumía un reto casi inusual: dar voz a las mujeres en una época en la que eran invisibles. El personaje de Marianne es inventado, no existió tal pintora, pero como ella hubo unas cuantas que, igual que el personaje de la película, aprendieron el oficio de sus padres y llegaron a pintar cuadros con su firma. Sofonisba Anguissola o Artemisa Gentileschi son algunos grandes nombres del mundo del arte que ahora conocemos y que, siglos antes de lo que narra Retrato de una mujer en llamas, rompieron las barreras creativas.
 

La creación de la obra centra la película. Vemos a Marianne pintando, concibiendo su creación desde el inicio. Vemos cómo Héloïse participa en esa creación, arrebatando de una vez por todas a la musa su condición pasiva. Esto es, volviendo a la relación entre Céline Sciamma y Adèle Haenel, una muestra de la relación horizontal entre artista y musa. Haenel, más allá de interpretar a su personaje, participa en el proceso de la película de Sciamma; también de otras como Tomboy –ella es la primera en los agradecimientos de los créditos–.
 

Fotograma de "Retrato de una mujer en llamas" (Céline Sciamma, 2019).

Fotograma de “Retrato de una mujer en llamas” (Céline Sciamma, 2019).

 

«Así como los personajes se conocen en un estudio de pintura, Adèle y yo nos conocimos en un plató de rodaje», comentó la directora. «Durante nuestra relación, hablábamos mucho sobre cine y crecimos muchísimo intelectualmente. También quise plasmar eso en la película: el efecto duradero y emancipador que un encuentro romántico como este puede aparecer en tu vida», decía. Y, aunque al rodar Retrato de una mujer en llamas ya no estaban juntas, Sciamma ha querido aclarar en una entrevista a Vanity Fair que su «conversación sobre cine nunca ha parado» y que trabajar con ella en esta película, a pesar de que fuera su ex, «fue la experiencia más pacífica y serena».
 

No podemos obviar a la otra mitad de la historia, Noémie Merlant, que de manera exquisita enfrenta el reto de ponerse en la piel de una mujer con talento cuando el talento estaba reservado a los hombres. «Esta película se comparte sin duda porque evoca una falta: la de nuestro imaginario, el imaginario de las mujeres», dijo Merlant al recoger el premio Lumière –los Globos de Oro de Francia– a Mejor actriz protagonista. Céline Sciamma, que la miraba orgullosa desde el patio de butacas, se emocionó porque esa fue su intención primera en Retrato de una mujer en llamas: hacer justicia y recuperar el imaginario de las mujeres, enterrado durante siglos. Y, de paso, se marca una película de culto para un colectivo al que aún le faltan historias para reconocerse, tanto en las páginas como en las pantallas.
 

La película es, en definitiva, un precioso retrato de una mujer que, sí, está en llamas por la frustración de su tiempo y la pasión que vive por su compañera, pero que sobre todo vive una de las historias de amor más bellas de la historia del cine reciente. Es un salto cualitativo en el cine de Sciamma, que por fin ha podido hacer una película con un presupuesto decente –4 millones de euros–. Tras la proyección de Retrato de una mujer en llamas en Cannes, se vivió uno de los aplausos más largos que se recuerdan en el festival. Al terminar, la directora se dispuso a hablar y dijo, sencillamente: «No tengo mucho más que decir, lo he dicho todo en mi película, no tengo mucho más que añadir».
 

Escrito por

Madrid (donde vive y aspira a vivir siempre), 1991. Periodista en The Objective. Le gusta lo típico: el cine, viajar, comer rico. Sólo ve cine en versión original y no por los idiomas, sino porque el doblaje no es lo que era. Sus dos películas favoritas compitieron por el mismo premio, ganó la mejor. Además de en The Objective, trabajó en El Mundo, Mediaset España y esRadio.

Deja un comentario

Tu cuenta de correo electrónico no aparecerá publicada. Los campos obligatorios están marcados*

Introduce tu búsqueda y dale a enter