Así es como gano

 

«¡Vamos, KG! Esto no es diferente. Así soy yo, ¿vale? No soy un puto atleta. Esta mi manera. Así es como gano».

Howard Ratner en Diamantes en bruto.

Entra en Netflix, busca Diamantes en bruto —o Uncut Gems— y agárrate al sillón. El primer golpe te dejará aturdido, pero no te vacunará frente a lo que viene. Comienza una sesión de incomodidad y tensión y angustia que no cede un milímetro, que crece en cada escena, que acelera el pulso y hace que te lleves los dos dedos al cuello y te preguntes qué está pasando —¿es la música?, ¿son los planos?, ¿es el montaje?—, cuándo le llegará a Adam Sandler su hora, cuándo la ceniza se convertirá en llama, ¿cómo llegamos a esto? Somos testigos de la caída libre sin cuerdas ni redención de un yonqui de la incertidumbre y el juego, un perseguidor de diamantes que ha llegado demasiado lejos. Un tipo al límite y sin un gramo de paciencia empeñado en poner a prueba a tipos que no buscan amistad ni emoción ni duda; más bien dinero en efectivo y ahora.
 

Es difícil de argumentar y verdaderamente de locos que Adam Sandler no esté entre los cinco nominados a mejor actor en los Oscar. No hay Criminales en el mar ni Zohan suficientes para cegar a los académicos ante tanto talento, ni espectador que salga indemne ante un hombre que se abre en dos justo antes de volarse en pedazos, consumido por la obsesión y la adicción y la locura, controlado por unos impulsos nada afortunados que siguen en línea recta y con disciplina el camino a la perdición. Igual que en Good Time, los hermanos Safdie construyen un inframundo neoyorquino y lo ponen en manos de un actor inmenso y menospreciado —esta vez es Adam Sandler; la anterior fue Robert Pattinson— y dejan en evidencia a una Academia que tiene sus propios códigos —a menudo ajenos al cine—; no hay nada que justifique este silencio. Tampoco que los académicos prefieran la desesperación del nuevo Joker sobre la decadencia de Howard Ratner.

Escrito por

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es redactor en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

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