Los lunes del Verdi

En alguna ocasión durante estos años que llevo viviendo en Madrid le he respondido que no. Jorge siempre me avisa los lunes por la mañana de qué le apetece ver en el Verdi de Bravo Murillo. Hay veces que me ha comprado directamente una entrada sin preguntar. Solemos ir a la sesión de las 21.15. Nos gusta llegar antes de que la sala oscurezca. Esa sala que los lunes huele a laca. Ese cine de Bravo Murillo que, por la noche, sus neones iluminan cardados de jubiladas y calientan besos de parejas. Al entrar, ya sabemos en qué fila sentarnos dependiendo de la sala. Incluso en la butaca que vamos a disfrutar más de la película.
 

Los lunes de Bravo Murillo hacen que la semana empiece con otro pie. Y con otro estómago. El cine me sabe a burrito del Tierra o patatas con dos salsas del Bistró. Y, si hay suerte, a gintonic. Estos olores y sabores me hacen preguntarme por qué la gente va al cine. Qué nos lleva a encerrarnos en una sala oscura, con gente desconocida, a ver luces y colores. A veces puede ser por entretenimiento. Otras, por amor o por intentar enamorar. Defendió Tarkovski que la esencia del cine está ligada a la necesidad humana de entender el mundo y tomar conciencia de él: «Creo que lo que empuja a una persona cualquiera a ir al cine es la posibilidad de tener un encuentro con el tiempo: el tiempo perdido, fugado o aún no alcanzado».
 
Vamos al cine en busca de una experiencia vital, pues el cine amplía, enriquece y concentra la experiencia del ser humano. Y de lo humano. Y es bonito cuando recuerdo ir al cine. Recuerdo la película, pero lo que el cine me permite es hablar con Jorge de lo que acabamos de ver. O de salir sin hablar. Callados. Como cuando vimos Amour, de Haneke, en un cine pequeñito de Valencia. Ver una película me permite llegar a diferentes estados. Pero ver una película en el cine me permite llegar acompañado. Un crítico de cine nunca podrá explicar una mirada de complicidad durante una escena. Tampoco el giro para comprobar las caras de quienes han visto la misma secuencia. Quiero saber cómo les afecta. Un tanto voyeur. Desde hace unos meses no me llega el whatsapp de Jorge —«¿vamos al cine?»— con una captura de pantalla de la cartelera, ni peleamos con las tarjetas para ver quién paga en el Tierra. Ahora mismo respondería que sí.

Escrito por

Valencia, 1992. Estudió Periodismo y Comunicación Audiovisual en el CEU y dirección de cine en la ECAM. Ahora, en un intento que se está convirtiendo en frustrado por dirigir una película, trabaja en lo que puede relacionado con el mundo audiovisual y artístico. Sí, es camarero.

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