Confesiones de una feminista a Woody Allen

Me pasa con los cineastas lo que a las adolescentes con las bandas de K-Pop: una vez empiezo a adorarlos, ya no hay vuelta atrás. Woody Allen es, desde que era pequeña, uno de esos cineastas adorados. Esto, por supuesto, no tiene nada de original.
 

Otra cosa de mí, aparte de mi amor por el cine –especialmente por aquellos que lo crean–, es que me siento profundamente feminista. Me siento feminista –aunque me parece absurdo justificarlo– porque hubo un momento en el que me di cuenta de que había una mitad privilegiada y a la que yo no pertenecía: los hombres.
 

Por supuesto que yo soy una persona privilegiada en muchos sentidos, entre otras cosas por haber nacido donde he nacido, por tener el color de piel que tengo y por muchos otros condicionantes personales que no vienen al caso. Pero, en el sistema en el que vivo, es el hombre quien domina, es el patriarcado el rey. Dicho esto, también estoy convencida de que este dominio masculino nada tiene que ver con la existencia de hombres maravillosos. Uno de esos hombres es Woody Allen.
 

Hoy día, ser feminista y admirar a Woody Allen –no solo su obra, también al artista– no es tarea fácil. Por todos es conocido que desde hace décadas recae sobre él una acusación muy concreta de abusos a su hija Dylan, una acusación de la que no logra escapar ni con todas las evidencias de su parte. Pero de eso hablaremos más adelante.
 

Banda promocional de "A propósito de nada".

Diseño de la cubierta de “A propósito de nada”.

La lectura de A propósito de nada, sus memorias, ha supuesto un revulsivo para mí porque me he replanteado el valor del #MeToo, un movimiento del que me he congratulado desde que emergió.
 

Yo siempre he admirado a Woody Allen, he visto sus películas y me he percatado de su talento y de su ingenio. Nunca me ha importado demasiado lo de la acusación, simplemente no le prestaba atención. No obstante, en 2014, cuando Dylan Farrow publicó aquella famosa carta en The New York Times, sentí repulsión por el genio al que tanto tiempo había admirado. ¿Cómo no creer a la víctima y cómo no odiar al verdugo? Incluso me prometí «no volver a pagar un euro» por ver una película de Woody Allen. Eso no duró demasiado, creo que dos años. En 2016 ya estaba en los Verdi viendo Café Society.
 

De la rabia inicial pasé a una anestesia general. Me documenté, vi que Woody Allen no solo negaba la acusación de Dylan –más bien de Mia Farrow–, sino que nunca había sido formalmente acusado de nada por la justicia y que había diversas investigaciones que le daban la razón. Aun así, había algo que me asqueaba y era el hecho de que se había casado con su hija. Soon-Yi no es su hija, pero no sé por qué siempre pensé que lo era. Era algo extendido y todo el mundo en mi entorno creía que era su hija. Una mentira generalmente adoptada como verdad. Su relación con Soon-Yi y mi prejuicio ignorante no ayudaban, pero decidí seguir viendo sus películas porque las disfrutaba. Era una de mis pequeñas contradicciones y podía vivir con ella.
 

Años más tarde explotó el #MeToo, y cuando lo hizo jamás pensé en Woody Allen. Me congratuló que por fin las mujeres –y algunos hombres– de la industria del cine y de tantas otras tuvieran un lugar seguro para denunciar los abusos que habían sufrido. Unos abusos silenciados por un sistema que rechazo profundamente. Harvey Weinstein me pareció un depredador, y me alegraba saber que por fin se haría justicia. Creía en los testimonios de sus víctimas, en las pruebas que había contra él y sentí el poder de que al fin se estaba derribando tanto el silencio como el abuso.
 

Pero el #MeToo funciona solo cuando es verdad. Así de simple. Si la acusación es mentira, solo es una tortura injusta para quien la sufre. Esta nueva ola fue aprovechada por Mia Farrow y algunos de sus vástagos —uno de ellos, Ronan, clave en las investigaciones contra Weinstein— para recuperar aquella falsa acusación y literalmente desterrar al bueno de Woody. Él, a quien la justicia le había dado la razón. Él, que ha empleado a cientos de mujeres, tanto en el plano artístico como en el técnico, y que en más de 50 años de carrera en el cine no ha sido acusado de nada.
 

Mia Farrow y Woody Allen en Zelig.

Leer A propósito de nada me ha servido para ver la historia con un ángulo más amplio. Obviamente, es la versión del director –aunque apoyada por otros, como Moses Farrow, todo un valiente–. Pero con sus memorias entramos en otra dimensión, una mucho más cercana a la historia. Y yo, que soy amiga del sentido común, he percibido en las páginas de las memorias de Woody Allen cuál es la realidad. En definitiva, le creo.
 

Antes hablaba de víctimas y verdugos. Durante un tiempo pensé lo que era más fácil pensar: que Dylan era la víctima y Woody el verdugo. Ahora he llegado a una conclusión menos facilona: Dylan es la víctima, Mia es el verdugo. Woody Allen es otra víctima, como todos los que están envueltos en esta gran mentira –menos Mia–. Además, leyendo sus memorias me he dado cuenta de que estaba equivocada en mi prejuicio: ni Soon-Yi es hija de Woody Allen, ni Mia fue su esposa, ni nada de todo eso que ya había aceptado como verdad desde hacía años lo era. Ha sido todo un alivio, para qué nos vamos a engañar.
 

Las memorias de Woody Allen me han parecido una delicia. Se extiende demasiado, tal vez, en toda esta historia con Mia Farrow. Insiste en explicar algo por lo que nunca tendría que haber dado explicaciones porque sencillamente no pasó. Ahí, aunque él niegue que todo esto le afecte, he visto el sufrimiento de un buen hombre con el que se ha cometido una injusticia. Yo misma, que le admiro, he sido injusta con él. Y lo siento de verdad. Él no sabe quién soy yo pero yo sí sé quién es él: ese genio que me ha hecho reír, del que siempre disfrutaré mientras le dé al play a las películas que vi en los cines porque me eran contemporáneas, o a aquellas que por edad tuve que descubrir más tarde. Y esto, a fin de cuentas, es lo único que realmente importa.
 

Una curiosidad: la primera película de Woody Allen que vi en una sala fue Un final made in Hollywood, con mi madre, otra gran cinéfila y admiradora de este genio de Brooklyn. A las dos nos pareció una buena película y coincidimos hoy con él en que la cinta recibió una injusta mala acogida. Debió marcarme, porque ha pasado la friolera de 18 años y todavía la recuerdo, a pesar de que no la he vuelto a ver. Tal vez lo haga esta tarde.
 

A lo que iba: A propósito de nada es un libro estupendo que va mucho más allá de la justificación de un inocente. Woody explica quién fue ayer —un niño que adoraba los deportes y las historias de gánsteres y que soñaba con vivir en un ático en la Quinta Avenida— y quién es ahora —un director que no ensaya sus escenas, que sigue escribiendo a máquina sus guiones y que logró vivir en un ático en la Quinta Avenida–, y también que no le importa en absoluto quién será mañana, cuando no esté. Terminar sus memorias ha sido como decirle «hasta luego» a un buen amigo.

Escrito por

Madrid (donde vive y aspira a vivir siempre), 1991. Periodista en The Objective. Le gusta lo típico: el cine, viajar, comer rico. Sólo ve cine en versión original y no por los idiomas, sino porque el doblaje no es lo que era. Sus dos películas favoritas compitieron por el mismo premio, ganó la mejor. Además de en The Objective, trabajó en El Mundo, Mediaset España y esRadio.

2 comentarios

  • Avatar Else Verwoerd

    Gracias por escribir esta hermosa pieza. Por desgracia es una rareza, alguien que conoce tan bien los hechos, y que se atreve a llegar a un veredicto positivo sobre este director. Mucho más raro aún es el hecho de que alguien se atreva a cuestionar sus propios prejuicios, y se atreva a sustituirlos por los hechos.

    Una falsa acusación de abuso infantil es un crimen perverso. Este delito es tan difícil de probar como el abuso sexual real. Es una horrible perversión que Mia y sus Farrows no dejen de cometer este crimen. Y de hecho, Mia no tiene problemas en darle a la vida de su hija Dylan un rasguño profundo de por vida.

    ¿No tenemos derecho a llamar monstruo a Mia?

  • Avatar Patricia

    Me ha encantado este artículo y me he sentido muy identificada, como feminista y como admiradora del cine de Woody. La primera película que vi de él fue Granujas de Medio Pelo y, tras años de prejuicios condicionados por ideas erróneas difundidas por la prensa y la opinión general, poco a poco me aficioné más y más a su cine hasta ver su filmografía completa (varias veces). Creo que además retrata en sus películas a mujeres increíbles maravillosamente interpretadas por actrices que en algunos casos y lamentablemente, hoy le dan la espalda. Gracias

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