Mientras morías, Sócrates, la torcida gritaba tu nombre

Te descubrí como un regalo inesperado: investigué para un programa de radio y encontré tu nombre. Me interesé tanto por ti, Sócrates, uno más entre seis hermanos, hijos de un padre nostálgico de Grecia, que seguí buscándote en biografías, te busqué en publicaciones antiguas y en libros descatalogados. Sócrates, tuviste un alma de filósofo griego: dentro de tu cuerpo flaco, flaco, con las costillas marcadas. Vi cómo lo hiciste una y otra vez: ese gesto de tacón. Eras un tallo de dos metros con tobillos de bailarina. Para ti era tan sencillo hacer de la cancha un lienzo que Pelé, en un arrebato de sinceridad, juró que tenías mejor visión de espaldas que la mayoría de futbolistas jugando de frente.
 

Leí que naciste en Belém, en una familia de santos. Leí que estudiaste Medicina con tanto fervor como viviste el fútbol. Leí que nunca te gustó entrenar, ni competir, que fuiste un futbolista y no un atleta. Leí que hiciste carrera en Corinthians, que te afiliaste al Partido de los Trabajadores y que convertiste el club en la resistencia contra la dictadura. Leí que nunca te gustó celebrar los goles y que aquello levantó sospechas entre los aficionados —qué significativo, ¿verdad? —. Leí que tu compromiso nunca tuvo límites, que hiciste de una calza de entrenamiento una bandana y que en ella dejaste que se leyera un mensaje de consuelo: “México sigue en pie”. Lo hiciste en el partido contra España, en el Mundial de 1986, celebrado precisamente en México. Cuando el país era una fiesta y el mundo había olvidado que, meses atrás, un terremoto había dejado a un cuarto de millón de mexicanos sin techo y a otros 10.000 sin vida.
 

Sócrates, seguí investigando y descubrí que admiraste a John Lennon, que llamaste Fidel a uno de tus hijos y amigo a Lula da Silva. Leí que jugaste un año en la Fiorentina y que en Italia fuiste profundamente infeliz. Tanto que eras el anfitrión en fiestas que se alargaban durante días. ¿Acaso temías a la soledad?
 

Querría estrecharte la mano, invitarte a una copa o dos, pedirte declaraciones, pero ya no es posible. Tal vez no supieras esto, pero el poeta César Vallejo, igual que tú, anunció qué ocurriría el día de su muerte. “Será un sábado en París”, escribió, “con aguacero”. Tú, Sócrates, dijiste que sería un día de diciembre, con la llegada de la última jornada de liga y con Corinthians proclamado campeón de Brasil.
 

La muerte, con un ánimo perverso, te concedió ese orgullo.
 

Corinthians celebraba el torneo de liga mientras tus riñones colapsaban, mientras tus labios se volvían tibios y tu pulso caía. Moriste, Sócrates, con el cuerpo hecho un Cristo, alcoholizado y en penumbra, acompañado por tu familia y rodeado de amigos: el país entero. La torcida gritaba tu nombre. Todo lo que sé sobre ti, Sócrates, lo contaron ellos: en las biografías y en los reportajes. Y el aprendizaje más valioso que adquirí de las lecturas tuvo que ver con tu única lucha: cuando tuviste que escoger entre la libertad y la seguridad, supiste cuál era tu bando. Si todo fuera disciplina y obediencia, ¿qué sería de nosotros?

Escrito por

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es redactor en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

Deja un comentario

Tu cuenta de correo electrónico no aparecerá publicada. Los campos obligatorios están marcados*

Introduce tu búsqueda y dale a enter