El último hombre

Si el fútbol sólo es fútbol, ¿qué hacemos tantos aquí? La literalidad siempre deja de lado lo importante. La muerte de Españeta es la muerte del último hombre —que estuvo, que vivió, que entendió— y produce la tristeza que producen las marchas de las personas buenas, de ciertas costumbres y de cierta manera de ver las cosas: con sencillez y naturalidad, con amor y ternura, con la pasión que requieren las cuestiones de fe, que asimilamos mejor desde el estómago.
 
Cuando en el fútbol importaba lo importante —la gente en los estadios, los murmullos y los aplausos; la angustia y la felicidad del aficionado, al fin—, las presentaciones de pretemporada medían aquello llamado respeto: no hubo Albelda ni Arias que recibiera las ovaciones de Españeta, que era la trinchera en el fuego cruzado, la bandera innegociable, las franjas, la pelota y el murciélago. «Era como un niño», contaba Cañizares en la Cope. «Un tipo tan humilde que era capaz de abrazar a Kempes o a un becario. Y, sobre todo, era una persona con carisma. Hay personas buenas en este mundo, pero luego hace falta tener el carisma para recordarle cada detalle. Eso es lo que le ha hecho ser el único valencianista al que jamás criticó nadie».
 
Españeta: un metro y medio de pies a cabeza, una barriga recia de comedor disciplinado, un carisma de matador de toros: celebraba los triunfos como quien brinda una oreja, con los brazos en alto y tres dedos: uno por cada Liga levantada. Sesenta años como utillero, limpiando botas y atendiendo recados, imitando firmas y cobrando cheques a nombre de Kempes. Españeta estuvo en el descenso y en la gloria, en el franquismo y en la democracia, estuvo cuando nadie más estuvo y se fue cuando llegó su hora.
 
El día de su jubilación, dijo: «Yo he nacido y vivido para morir por el Valencia». Españeta representaba ciertos valores —servir sin servirse, entregar sin esperar entrega, amar a riesgo de no ser amado— que cuesta encontrar a mano. Algún día nos echarán la tierra encima o pasarán nuestro cuerpo por el horno y no quedará de nosotros carne ni huesos; con fortuna, recuerdo. Más vale pensar en ello de tanto en tanto.

Escrito por

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es redactor en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

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