Cuidado con el pederasta

 

«En realidad, prefiero la ciencia a la religión. Si me dan a escoger entre Dios y el aire acondicionado, me quedo con el aire acondicionado»

Desmontando a Harry. Woody Allen, 1997.

El caso lo conocemos todos. Mia Farrow denunció a Woody Allen en 1993 por abuso sexual contra su hija Dylan, de siete años. Él defendió su inocencia públicamente y no fue necesaria la citación en un juicio —a diferencia de lo que dice Carlos Boyero en este artículo—. No lo fue porque las pruebas acusatorias se consideraron inconsistentes y los relatos, contradictorios. El informe de un grupo de psicoterapeutas, que trabajó para la investigación policial durante seis meses —¡seis meses!—, desestimó que la pequeña Dylan fuera víctima sexual de su padre. Claro que este detalle es irrelevante para quienes se intuyen tan diferentes a Donald Trump.
 

Hace unos días, Woody Allen anunció una demanda contra Amazon por incumplimiento de contrato, reclamando a la compañía 68 millones de dólares como compensación. La productora de Jeff Bezos, que comunicó a bombo y platillo que contaba con una estrella como Woody Allen en su salto al cine, perdió de pronto el interés por sus películas. Tanto es así que su último trabajo, A rainy day in New York, está cogiendo polvo en un almacén desde hace seis meses. La empresa alega que tiene razones para su embargo: todas tienen que ver con su buen nombre.
 

En sí mismo, el asunto revela mucho sobre Bezos: más grave que el dinero que está dispuesto a perder es la ligereza con la que prescinde de su palabra. Igual que el magnate, los protagonistas de A rainy day… han dado la espalda al director y han donado el dinero recibido a una campaña contra el acoso sexual. Qué curioso resulta en el caso de Rebecca Hall, que lleva trabajando con él desde Vicky, Cristina, Barcelona (2008). El arrepentimiento le ha alcanzado como un rayo.

 

Contó una niñera que, en un cumpleaños de Dylan, Mia Farrow colocó un cartel nada elíptico en la puerta del cuarto de baño. Decía: “Cuidado con el pederasta”. Este mensaje ha calado entre los abonados al #MeToo, que abrazan a Mia como una hermana, y ahora el cartel está en todas partes: en los despachos de los productores, en los barrios residenciales, en las colinas de Los Ángeles. La cobardía siempre se premió mejor que el coraje.
 

Escrito por

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es redactor en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

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