Un poco de silencio

Hace dos domingos mirábamos desde el pedestal a los italianos, de camino al estadio o a la mani, y nos compadecíamos de su torpeza: son un desastre, son peores que nosotros, ¿por dónde tenía que entrar el virus? El lunes 9 comenzamos a preocuparnos, a darnos consejos, aprendimos —tal vez para siempre— un nombre nuevo: Fernando Simón. El miércoles 11 nos recomendaron el confinamiento, el jueves 12 se multiplicaron los atascos, el viernes 13 agotamos el papel higiénico y el sábado 14 las mascarillas. Las televisiones, una semana más tarde, pusieron en nuestras manos embadurnadas de soluciones hidroalcohólicas —del 70% o más— las imágenes premonitorias de Italia: camiones militares cargados de féretros, iglesias que albergan ataúdes a montones, doctores que deciden quién vive y quién muere. El domingo se decretó el estado de alarma, el Gobierno vació las calles, y no sólo sentimos nuestra flaqueza ante la enfermedad y el miedo, también descubrimos que no estamos preparados para la soledad y el ensimismamiento.

 

Hay escritores que tuitean más que escriben, intelectuales que recomiendan más que estudian y maestros que reprochan más que enseñan. Hay quien está descubriendo los libros y lo recuerda a cada rato. Hay quien exprime cinco series de Netflix y las infinitas temporadas de Friends en media semana y al acabar resopla porque no hay tiempo que perder, hay que sortear el aburrimiento, todo por la causa —#estevirusloparamosunidos—. Hay aplausos a las ocho menos cinco y a las ocho, siempre filmados, y hay que estar preparados a las diez para los golpes de cazuela que reclaman la cabeza del rey en un cesto. Hay quien presume de encadenar los días sin sujetador o calzones. Hay quien se recuerda el lavado de manos en el nombre de usuario. Hay carreras por los memes más divertidos y los vídeos más paródicos, a ver si llega al informativo, que no se me olvide la almohadilla, que no se escape la gloria. Hay críticas a millonarios solidarios y alabanzas a vicepresidentes sin cuarentena. Hay nuevos perros en el vecindario, infusiones que matan al coronavirus —sólo si te lo bebes rápido, cuando todavía arde, antes de que los bichitos exploren el cuerpo humano—, tertulianos sabios como epidemiólogos. Hay políticos hablando de escudos, políticos hablando de guerras, políticos hablando de patrias —con el léxico y las formas de un preescolar—. Hay periódicos sedientos de clics y periodistas que son agencias de planes: ¿sabes cuáles son las 17 películas de pandemias que no puedes perderte?

 

Somos como somos. Pero, tal vez, convendría un poco de silencio. Hay traumatólogos descubriendo a toda velocidad la virología, oftalmólogos aprendiendo de pulmones, internistas dormitando a ratos y en sillas tras turnos de veinticuatro horas. Hay hijos que el lunes dijeron al padre Todo irá bien y el viernes conocieron el protocolo: bolsa de color crema, sin velatorio. Hay investigadores a la busca de la vacuna con el contador de muertos creciendo sin descanso, a más de cien cada día —mañana serán trescientos—, porque la curva apunta hacia arriba. Hay transportistas agotados, agentes y enfermeros sin mascarilla, agentes y enfermeros muertos. Hay ancianos en casa, solos en casa, y ancianos que se suben a los autobuses y fingen que van a alguna parte. Hay asuntos más urgentes. Tal vez sea momento de vivir más hacia dentro que hacia fuera, con naturalidad y sin sobresaltos, asumir cierto grado de irrelevancia: convencernos de que más vale conservar el pudor que hablar de ciertas cosas.

Escrito por

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es redactor en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

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