No dudarás

La maternidad tiene su mandamiento.

Edward Hopper. Eleven A.M., 1926.
Edward Hopper. Eleven A.M., 1926.

Tuve a Sofía en enero y al mes ocurrió. ¿Qué parte de mí quería? ¿Qué parte de mí era carne? ¿Qué parte de mí mandato divino? ¿Qué parte plena conciencia, análisis de la situación, toma de control, mayday? ¿Qué parte de mí niña, hoja, chimpancé? ¿Qué parte de mí mujer, barro, alegría?

La duda sobre Sofía no fue por el cansancio, ni por el agotamiento de tener una bebé en casa. No fue la rabia de no entender sus tempos, ni ella los míos. Tampoco fue por esa impaciencia casi agónica que tenía por acercar su boca a mi pecho y desangrarme y dejarme los pezones en carne viva. Nunca se me ocurrió echarle en cara ni mi mal aspecto, ni mi mal humor, ni mis dolores. La miraba con ternura mientras me cepillaba el pelo y veía caer cientos de ellos en el lavabo. Eso habría que limpiarlo luego. Pero no ahora. Tal vez, más tarde… A pesar de todo, me mantenía fuerte y de ideas fijas. Convencida en mi empeño diario y mis quehaceres como madre. Me levantaba y me acostaba creyendo en mí misma, en mi tarea protectora y suministradora.

Pocas semanas antes de dar a luz, leí un artículo sobre la publicación de una nueva traducción del Génesis. Esta vez, para enganchar a su público más progre, habían añadido algunos comentarios de corte laico y feminista a sus pasajes más conocidos. No me pude resistir, lo guardé en el carrito en cuestión de segundos y me sentí orgullosa del proyecto de madre que se planteaba para Sofía. Qué suerte iba a tener de tenerme como madre. Sofía sería como yo, curiosa y librepensadora, sensible e independiente. Y yo iba a ser muy buena madre… La llevaría al cole bien limpia, bien sana, bien lista. Así seríamos ella y yo.

Lo que no sabía es que aquella lectura me atravesaría el corazón como una flecha. ¡Zas! Como en las películas de guerra, en el campo de batalla. Algún arquero oculto tensó el arco y apuntó a la nada. Yo me giré en el momento exacto en que la cámara apuntaba a mi cara ensangrentada, grabando el instante en que soy atravesada por la flecha envenenada. Creo que fue en la barriga, porque fue ahí donde noté el pinchazo cuando terminé de leer el pasaje en que Elohim descubre el desastre y nos maldice a todas por los siglos de los siglos.

Escribí unas notas en una hoja suelta. Continué leyendo, pero ya no prestaba atención. Cerré el libro y miré a Sofía. La miré durante un buen rato. Al cabo de unas horas, empezó a llorar. No hice nada. Entonces lo identifiqué. No dudarás. Llamé a mi madre por teléfono y le pedí que se la llevara.

No fue Elohim, fui yo. Mirándome con furia a través de la pantalla del ordenador. ¿Qué has hecho?

—¡Que te la lleves!

Blanca Felipe

Castellón de la Plana, 1992. Filóloga, poeta y bailaora. Colaboró como correctora y redactora en la revista Quaderni Ibero Americani. Poemario in process.

Anima el debate

Your email address will not be published.