La buena noticia

«Encendí una delgada vela verde / para ponerte celosa / pero la habitación se llenó de mosquitos» (Leonard Cohen)

Pedro Pablo Rubens. Diana y Calisto, 1559.
Pedro Pablo Rubens. Diana y Calisto, 1635.

Sólo había dos españoles en el hotel. No había más huéspedes, a decir verdad, y no los hubo el resto de la semana. Era febrero y, sin embargo, no hacía frío. Las noches trascurrían en silencio y el silencio apenas se veía interrumpido, en las mañanas y en las tardes, por las voces lejanas de las oraciones. La habitación estaba ubicada en una segunda planta, con vistas a un patio de luces. En medio del luminoso patio, ambientado con claveles y narcisos y motivos árabes, se reunían las mujeres para beber té y comer dulces, y reían sin discreción cuando el español cruzaba a su paso. El español pensó en escapar de allí, mientras su esposa se duchaba, mientras afinaba la voz y cantaba con la melodía del agua cayendo a golpes. Ella canturreaba todo el tiempo y, cuando no lo hacía, silbaba las mismas canciones de siempre. Desde siempre.

El español se sintió mareado, se puso unos pantalones y salió de la habitación. Atravesó una sala de recepción que deseó llena, pero encontró vacía, y fumó un cigarrillo en el umbral de la puerta del hotel, que albergaba recuerdos felices. En la estrecha calle del zoco, el hijo de la recepcionista jugaba al fútbol con un amigo. Vestía una camiseta del Barcelona.

—¡Chicos! —aulló el español. Los chicos escucharon—. Pueux jouex avec vous ?

El hijo de la recepcionista lo miró aburrido, el amigo esperó una respuesta, y siguieron a lo suyo, con la pelota. El español consumió el cigarrillo, lo aplastó en la pared blanca y regresó a la habitación. Su esposa había terminado la ducha, pero no la canción. La adivinó tras la puerta entreabierta, estudiándose en el espejo, con el cuerpo desnudo y una toalla cubriendo la cabellera. La española silbaba. El español se sentó al borde de la cama y se llevó las manos a la cabeza. «No puede seguir haciendo eso», se dijo, y el pensamiento retumbó en las cuatro paredes.

—¿Has dicho algo? —preguntó la mujer. El hombre, todavía mareado, cerró los ojos—. Cariño, ¿has dicho algo?

—No puedes seguir haciendo eso.

—¿A qué te refieres?

—¡Ya lo sabes!

—No, no lo sé.

—Estás silbando. ¿Acaso no te das cuenta?

—Me gusta silbar.

—¡Es insoportable!

El español se echó a la cama, sin quitarse los zapatos, y pensó que los silbidos solían ser agradables. Se preguntó cuándo dejaron de serlo. La española se cubrió el cuerpo, gimoteó frente al espejo, interrumpiendo el silencio, y con un ánimo de derrumbe se acercó a su esposo. Se tumbó a su lado, a una distancia impropia, y descansó las manos sobre el vientre.

—Dejaré de silbar, si es lo que quieres —dijo ella, a media voz.

—No tienes por qué dejar de hacerlo —dijo él, con esfuerzo.

—Sí, definitivamente dejaré de silbar.

La primera vez que estuvieron en el hotel eran cinco años más jóvenes y no estaban casados. En la habitación contigua se hospedaba otra pareja, los franceses prometidos. Tenían la misma edad que ellos y eran guapos y encantadores y cultos. Las dos parejas cenaron varias noches juntos. Prometieron llamarse y no se llamaron. Por algún motivo, el español se acordó de aquello.

—Lo sabes —dijo él.

—Lo sé —respondió ella.

—Lo siento mucho.

—Lo sé.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde hace un tiempo.

—Y no me dijiste nada.

—No, no lo hice.

—¿Cómo lo supiste?

—Simplemente lo supe.

—Dime que lo entiendes.

—Lo entiendo.

—¿Lo entiendes?

—Lo entiendo.

—¿Y eso es todo?

—¿Qué más quieres?

—Nada, supongo que eso es todo.

Se oyeron unos pasos y alguien llamó a la puerta. De mala gana, el español se incorporó y abrió, sin preguntar, y al abrir descubrió a la recepcionista, desacomplejadamente jubilosa, con una bandeja de té y pasteles, con un sobre atravesado por un lazo rosa, con el misterio de su arrojo a cuestas. El español, intrigado, sonrió como un idiota.

La bonne nouvelle ! —exclamó la recepcionista—. ¡La buena noticia!

—¿La buena noticia? —reaccionó.

Y al volverse, sin cerrar la puerta, observó a su esposa echada en la cama, en silencio y entre lágrimas, como exhausta o sin alma. El español no supo qué hacer, ni qué decir, pero con el corazón exaltado, con un nudo en la garganta, sin aire en los pulmones, supo lo que debía saber. Simplemente lo supo. La buena noticia. Se le hizo evidente. Y eso fue todo.

Jorge Raya Pons

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es periodista en El Español, donde escribe columnas, entrevista y presenta un podcast semanal: El foco. Anteriormente trabajó en The Objective, El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

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