Matrioskas (Relatos sobre el cuerpo)

 

«Terminé Matrioskas después de escuchar en Barcelona la intervención de una mujer en una de las conferencias del ciclo Maternidad y Literatura, una relación profunda. Al salir le dije a mi amigo Gabi que me sentía como un buitre por aprovechar el dolor de aquellas mujeres para escribir. En el turno de preguntas aquella mujer se levantó y dio las gracias con la voz rota a las personas que habían organizado aquellas conferencias. “Ya no puedo más”, dijo. ¿Por qué nadie habla del aborto? Hace poco que he tenido uno y parece que nadie se dé cuenta de que se te ha muerto un hijo. Nadie me dio el pésame, no pude enterrarlo, ¿qué hicieron con él? Lo único que me dicen es que no me desanime y vaya a por el siguiente. Al salir recordé que mi tía tuvo un aborto antes de tener a mis dos primos. Sé que se quedó en casa dos semanas, pensé que estaría cansada. Nunca le di el pésame ni le pregunté por él. Esto es Matrioskas, un pésame para los hijos no nacidos».

Blanca Felipe. Febrero de 2019.

 

Hay un abandono extraño en mi vientre, un vacío seco e inconexo que no logro entender. Cuando me duele, cierro los ojos y cuento los dedos de tus pies. Imagino el número de células que hubieran hecho falta para que tus uñitas empezaran a crecer. Cuento, también, los espasmos en mi vientre, noto cómo vibran con la mirada de mi abuela, como si palpitara la muerte, como si él todavía estuviera dentro.
 
Hubo un tiempo en que mi abuela me agarraba la barriga, las dos reíamos y llorábamos al recordarla a ella. La vida celebraba la vida y traía al mundo una nueva esperanza. Sujetándolo todo, descargándolo todo en su caparazón, al despedirse, me daba un abrazo tierno. Apretado entre mis vísceras, sujetaba el mundo y sentía el poder de una diosa egea. Escupía magia, por todos los poros de/
 

Mi cuerpo
está maldito.
un bicho. Tengo.
 
Hay noches que no duermo, recordándolo en sueños. Mezo mis pensamientos, me acurruco y vuelvo a leerme el mismo cuento. Ya no sé lo que digo ni lo que pienso, ¿estoy? Al borde del colapso. De la ausencia en el vientre, del dolor del parto de un hijo muerto. Creo sinceramente que no hay verdad a la que quiera agarrarme. Y me da igual explotar o morir en silencio o volver a sangrar o congelarme en esta cama limpia donde, a veces, ella se acuesta conmigo. Por primera vez,
 

estoy escribiendo.

 

Otras veces, tras mis pesadillas, recupero la compostura, me levanto y deambulo por los pasillos de la casa de piedra. Llena de vírgenes acechando detrás de cada puerta, de espejos y cerámicas decorando el suelo y las paredes blancas, muy blancas. Como una pancita vuelta.
 

En la habitación del abuelo hay un pozo y una cama de hierro, con colchón antiguo repleto de sudores, enfados y sufrimientos. Mi abuelo tuvo que cuidar de un hombre que no conozco, al que llamo mi bisabuelo. De él sé que fumaba pipa, que le cortaron las dos piernas y que con ellas se fue también media vida de mi abuelo.
 

No me atrevo a entrar en ella, aunque ya nadie entra, porque él murió hace tiempo. En esa misma cama. Creo.
 

Aún recuerdo el miedo a la quietud del agua oscura, al asomarnos al pozo que hay dentro. Hubiéramos preferido un pequeño ajetreo, un rayito de luz apuntando hacia el fondo.
 

Mirábamos, porque nos gustaba atrevernos, porque éramos valientes, pero salíamos espantadas si una gota o un crujido sonaba a destiempo.
 

Creo que es algo que nunca te hubiera enseñado.
 

Ahora, no me acerco,
 

no
 

me puedo
 

acercar. Porque creo, en lo más profundo de mi alma, que alguien te llevó allí dentro, como se llevan los hombres malos a los niños que no duermen. Y ese hombre, que siempre es un hombre, se tragó tus dientes, tus uñas y tus células. Tus ojos. Todo. Todo. Todo se lo llevó y lo tiró dentro, muy hondo y muy lejos.
 

O fue el pozo oscuro el que te tragó, el que te convirtió en un manojito de nervios azules, verdes y violetas, retorciéndose hacia dentro, haciéndose puño de hierro, de dolores en mi cuerpo.

 

Chupando,
 

escupiendo,
 

hacia fuera / hacia dentro
 

un jugo transparente de vitaminas verdes
que iban hacia mi bebé muerto.
 

Una vez más se hace de día, y de noche, una vez más. Mi vida gira en torno a mis demonios y a un odio profundo a todos los que me rodean. ¿Por qué no moriríais vosotros primero? Vosotros, que ya estáis muertos.
 

Vuelvo a estar consciente y delante de la lumbre, me acaricio de nuevo el vientre. Observo sus manos y veo un río dócil, veo montañas y duras estepas blancas, caracoles y hojas verdes que trepan tu cuerpo hacia una noche ciega. Veo sus ojos en ella, pozos de sueños y tristeza. Sus manos. Y como vivo en mis recuerdos, ya no alcanzo a distinguir si son míos o de ella.
 

Tiene la pelvis recogida entre las caderas.
 

Me habla del tiempo que ha pasado, a mí y a otras vecinas. Tiene el don de la risa en esa mejilla izquierda y en ese cucar el ojo que me despierta. Todas estas cosas pienso mientras nos cuenta que no hay nada más que hacer, que si sus hijos y sus hijos y los otros no aparecen por aquí más que en verano, pues que la juventud, que la vida.
 

Nosotras también fuimos así, también eso lo vivimos y no hay por qué sulfurarse.
 

Cuando la miro, pienso en lo injusta que soy cuando me quedo en silencio, cuando no respondo a sus preguntas porque tengo la garganta llena de hierro. Ella se adelanta, me besa la frente y yo,
 

no contesto. Retrocedo.

 

Me sirve, me lava, me lee y me cierra la puerta. Que llore, me dice, que trague y deje estallar mis pulmones. Me despierto y la busco. Llena de rabia, descargo mis angustias contra el suelo y siento el suelo frío que me impide llegar dentro. Mi alma está partida en trillones de pozos huecos. Me quiero meter dentro. Escarbar la tierra y meterme dentro. Que cierren las puertas y me mezan. Que me acunen los muertos que me esperan y si no me esperan, que me mueran y nunca más me devuelvan.
 

Ya empieza… el discurso de la infancia.
 

Me desgarro como un cuenco viejo. Salgo. Como la sangre en la herida abierta, brotando, en brotes cortos, vivos y lentos. Me desgarro en mil caballos negros corriendo hacia la luna negra. Y nada me consuela. Llego. Ya empieza…
 

Al final de mis arcadas, ella me acoge temerosa, entre unos brazos suaves y dorados, como lo hacía mi madre, como yo lo hubiera hecho.
 

Tiene sesenta y siete años y siente náuseas. A veces, en delirios, me dice que se muere y que le diga a mamá que ni se le ocurra fundir sus sortijas. El sello de oro de su madre, que dentro del joyero, que lo coja, que para mí. Hija mía. Después vuelve en sí y me echa a gritos.
 

¡Del hueco
de tus ojos a los míos
hay un pozo negro!
donde cabe
una muñeca
que tuviste y que me tuvo, dentro.

Escrito por

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Barcelona. Filóloga, poeta y bailaora. Colaboró como correctora y redactora en la revista Quaderni Ibero Americani. Actualmente trabaja como profesora de español. Poemario in process.

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