Dos tablas de madera

 

 

«Una abeja quieta y flotante se mueve demasiado deprisa para pensar. Desde lo alto la dulzura la hace enloquecer».

David Foster Wallace. En lo alto para siempre.

 

Nico y yo escalábamos el trampolín en las noches de verano. El trampolín era tan alto que a mí me gustaba alargar el brazo y apuntar con el dedo, como si fuera tocando las estrellas una a una. Teníamos nuestras cervezas en lata y nos sentábamos alrededor de la piscina, nos encendíamos nuestros cigarros y pasábamos noches enteras riéndonos de todo.
 

Si nos aburríamos, nos acercábamos en moto hasta el pueblo de al lado y llamábamos a María y a su hermana Elena. Nos bebíamos las cervezas de dos en dos en la piscina municipal mientras Elena miraba a Nico con deseo, igual que su hermana. Allí se disputaba una batalla sigilosa que nunca vi que se resolviera. Nico y yo nos acostumbramos tanto a vivir en la noche que nuestros ojos se adaptaron como en los lobos y los felinos.
 

Un día descubrí que María y Elena tenían novio. Uno de ellos era torero y mayor y el otro no lo sé. Llegaron a visitar nuestro pueblo y preguntaron por nosotros, pero nadie sabía dónde estábamos. Más de uno deseó saberlo para escribir un capítulo aparte en nuestros dientes y nuestras costillas. María y Elena nunca contaron nuestro secreto.
 

Hay una historia que no pude compartir con Nico porque ya no estaba. En realidad es mejor que fuera así porque Nico habría perdido los papeles, les habría gritado a todos y a mí nunca me han gustado los follones.
 

Vinieron unos señores de naranja y cerraron la piscina municipal. Yo no pude hacer nada, me quedé inmóvil y en la distancia mientras ellos empleaban alicates y grúas y se llevaban el trampolín amarillo a otra parte. Mi madre me dijo que era el único amarillo en toda la provincia y nunca pregunté por qué lo sabía. Recuerdo de aquel día el olor del agua muy limpia y a María y Elena.
 

La última noche que vi a Nico él escalaba el trampolín con maneras de sherpa y traía consigo una sonrisa y mirada triste. Me gustaba esa contradicción en Nico, que podía ser el más divertido del mundo mientras se moría por dentro. Él subía las escaleras y yo agotaba otra cerveza mientras veía cómo se ponía muy recto, sin dar los saltitos que establece el protocolo.
 

En ocasiones hablábamos de la muerte y bromeábamos con que no llegaríamos muy lejos. ¿Los 21? “Ni lo sueñes”. Una noche le conté que un chico de otra parte se colgó de una soga y que sus padres no se lo perdonaron. “¿Cómo se le ha ocurrido hacernos esto?”. Nico se puso hecho una furia, yo no lo entendía, me respondió de lo más enfadado y que qué egoístas y qué chantaje. Yo me encogí de hombros y lo olvidé por completo.
 

Nico estaba en lo alto y no había en la piscina nadie más que nosotros. Nico estaba en el trampolín, muy recto e inmóvil. Parecían dos tablas de madera. Recuerdo que, cuando se dio la vuelta, yo me levanté. Creo que dije su nombre. Recuerdo la contracción de todos los músculos de mi cara y el sonido un poco hueco que produce un hombre al desplomarse. La caída fue lenta. Corrí hasta su cuerpo y tenía la cabeza abierta y yo lloraba sin parar. Recogí aquella masa de huesos rotos y acaricié su cara de hombre muerto.
 

Después de aquello no volví a ver a María ni a Elena, vendí o regalé mi moto y me fui del pueblo. Han pasado muchos años desde la muerte de Nico, ahora tengo un trabajo y vivo con mi mujer y mis dos hijos, pero a veces vuelve Nico a mi memoria y me pongo triste y nervioso y pienso: ¿qué habría cambiado si, cuando todavía éramos unos niños, nos hubiéramos dicho lo que siempre ocultamos?

Escrito por

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es redactor en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva. Decidió probar con el periodismo. Con el oficio le alcanza para techo y comida.

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